Oriol Malló Villaplana / Tiempos de furia
2015-12-21
El síndrome Kapuscinsky
En un mundo de propaganda infinita, reconstruir el tejido de la verdad sin caer en el panfleto se antoja misión imposible. Unos pocos sobreviven al implacable juicio de la historia que condena a las estrellas de hoy al olvido de mañana. Y el periodismo, como altar de la inmediatez y el poder, crea su santoral momentáneo que se funde en el olvido al cabo de pocos años. Pocos recordarán, leerán o reivindicarán a Regino Díaz Redondo cuando pronto pase a la oscuridad absoluta. Y otros nombres que hicieron historia en el periodismo mexicano –como Carlos Marín- serán recordados más por su presente de caricatura mussoliniana del estatus quo que por sus anteriores investigaciones.

Pervivir en la memoria colectiva es privilegio de unos pocos. Y Ryszard Kapuscinski (1932-200) es uno de estos inmortales. Todo periodista que se precie lo leyó en su paso por las escuelas de comunicación o en su etapa juvenil cuando la pasión, la curiosidad y la soberbia encontraban en sus obras el acicate hacía la acción. Los que nos fogueamos en guerras próximas (Irlanda del Norte o Yugoslavia) traíamos en nuestra mochila emocional la impronta de sus libros.

Todos sufríamos el peligroso síndrome Kapuscinski: la voluntad de construir un texto nuevo que fuera perfecto collage de impresiones, historias, datos y personajes que nuestro personal estilo convertiría en narración completa de un conflicto que gracias a tan milagrosa palabra develaría sus intrincados porqués. Nos advertían nuestros maestros de redacción periodística qué tal ambición nos podría cegar y que antes de pensar en El Libro había que hacer una cantidad ingente de nada memorables notas, crónicas o reportajes.

Y metidos de lleno en la arena de lo real (la guerra y su entorno) no tardamos en hacer justo lo contrario. Llegábamos al frente de Eslavonia en 1991 y ya sabíamos que los serbios eran los malos y los croatas los buenos (obviando de paso los Ustacha de Pavelic y su colaboración con los nazis). Tras muchos viajes relámpagos acabamos haciéndonos expertos de un tema que nunca conocimos, amamos o estudiamos en profundidad. Quizás nuestra generación ya era descreída, unipolar y posmoderna pero creamos historias que poco se parecían a la crónica transgénero de Kapuscinski.

Solo poníamos emociones baratas y contextos raquíticos en una historia de villanos y héroes que empezó con Milosevic y nuestros sucesores repiten, cual coro unánime, con todos los enemigos del imperio. Primaveras y rebeliones usadas para arrasar países –Libia en primera instancia- o favorecer el colapso de viejos enemigos –Siria, por ejemplo.

Queríamos ser como él pero terminamos siendo propagandistas menores revestidos de la falsa santidad del freelancer (y su supesta independencia). Lo hice yo en Vukovar. Lo hicieron otros en Misrata. Y aunque ganamos las alabanzas momentáneas del poder, ningún texto de coyuntura falaz resistirá la prueba del tiempo. Por ello es pertinente recordar que los ensayos del polaco tienen la rara virtud de aguantar las acometidas del cambio. Véase El Sha por ejemplo.

Un libro que leí poco después de su publicación en español allá por el año 1987. Una experiencia deslumbrante y radical que consiguió desnudarme de estereotipos fatales. Un texto que en la vorágine de la propaganda multifactorial seguía las pistas que cimentaron la revolución iraní. Viaje al centro de la insurgencia religiosa o la masacre en la ciudad sagrada de Quom que iniciara el ciclo de la insurrección contra el tirano. Rastros que nos llevan al ensueño petrolero de Reza Pahlevi (tan parecido al sexenio megalómano de López Portillo) entre agentes de la Savak, mullahs enardecidos y casetes llegados de París con el último mensaje del desterrado Jomeini.


Y un trasfondo de historias que explican otras historias, teñidas de imperialismo clásico, golpes de estado e iraníes humillados una y otra vez. Atroz geopolítica y chispas que prenden el fuego justiciero. Y El Sha que define con un solo nombre un largo proceso que no estalla ni surge de la nada.

¿Periodismo literario o crónica abierta? Eso y mucho más ofrecían sus libros. Pero a nosotros siempre nos faltó una parte. La misma que Kapuscinski se esforzó en borrar mientras se convertía en estrella universal (Cayuela, 2002).

Si el periodismo no es para los cínicos y su antónimo es la integridad, ¿qué sueños de justicia y verdad motivaban al polaco? En sus obras, y antes de El Imperio, Kapuscinski asumió una palabra clave de su tiempo: el compromiso. Y tal palabra significa cosas como esta:

En el mismo año 1975, Kapuscinski dio a entender cómo concebía este tipo de compromiso: cuando andaba de reportero en Angola (fruto de esta experiencia han sido el libro Un día más con vida, así como un texto en La guerra del futbol), después de haber visto lo que hacían los colonizadores y mercenarios blancos en este país, no sólo sirvió de traductor para los consejeros soviéticos que respaldaban a los insurrectos angoleños, ni se restringía a difundir información con valor estratégico para la guerra (sobre el arribo de las tropas cubanas), sino que también, mientras acompañaba a un destacamento de MPLA, llevaba un fusil. Y lo utilizaba. (Wisniewski, 2010 )

Fueron el estallido de Solidarnosc y la esclerosis sin remedio del partido comunista polaco, en el año seminal y terminal de 1980, algunas de las razones por los cuales Kapuscinski renunció al carnet pero no por ello abjuró de su pasado ni dejó de escuchar las voces que pueblan los arrabales de la globalización. Ni escondió su trabajo en la agencia estatal de noticias (PAP por sus siglas en polaco) ni su militancia de años. Y en realidad no puede entenderse su perfil, ni sus textos, sin estos fundamentos que en la Polonia actual resultan casi anatema.

Por esto algunos biógrafos (La Jornada, 2010) no dudaron en pasarle su correspondiente factura. Tal como hizo su discípulo Artur Domoslawski en su libro Kapuscinski non fiction al preguntarse porque no quiso el ilustre reportero denunciar al ogro filantrópico: “¿Por qué no lo hizo? Porque veía a la Polonia comunista como su patria. Era un creyente en el socialismo. ¿Cometió un pecado? Sí. En esa época no lo entendió. Sólo pudo entenderlo años después” (Villanueva Chung, 2010).

El universo del polaco errante era fruto natural de su talentos, sus pasiones y su época pero si pervive a sus enterradores es porque construyó una forma literaria que sobrevivió a las urgencias del momento, lejos de la coyuntura y la propaganda: la microhistoria y la longe durée que recuperó la escuela de los Anales a mediados del siglo XX, la fragmentación de planos, la voz en off o el zoom de Kuroshawa, Welles y otros genios de la cinematografía, los recursos literarios de la novela o la poesía e incluso la observación social participativa de ciertas escuelas antropológicas (Platt, 1989) se integraron en una obra que escapó a los afanes taxonómicos y creó una versión especial del nuevo periodismo entre generaciones de egresados de todo el mundo.

Muchos imitan sus técnicas de collage pero pocos consiguen su vuelo. Puede que los insurgentes de antaño hayan mutado en los Freedom Fighters de hoy pero en el camino cambió el mundo que una vez dio sustento y realidad a los textos de Kapuscinski. Y ninguno de sus sucesores tomaría el fusil en los cerros de Angola sino es para justificar la imperiosa necesidad que los aviones de la OTAN bombardeen a los enemigos de siempre.

Muchas cosas, demasiadas quizás, para la reseña de un libro que marcó mi vida. Sufrimos el síndrome Kapuscinski, claro está, pero el tiempo se encargó de probar que es más fácil arrimarse al vencedor que convertirte en loser, anglicismo ideal para estos tiempos de periodismo empotrado.
 
 
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