Oriol Malló Villaplana / Tiempos de furia
2017-03-21
Por qué Martin McGuinness me convirtió en periodista
Murió Martin McGuinness. Se fue demasiado pronto. A los 66 años de edad, para ser exactos. Y, cual eco lejano que subitamente regresa, su defunción me recuerda que mi pasado se va con él. Lo entrevisté en 1988 cuando decidí que el periodismo era lo mío pero, en verdad, no conseguí tan anhelado encuentro por mis méritos profesionales sino por mi ideología. En aquello tiempos, yo era militante del Moviment de Defensa de la Terra, una organización independentista catalana que tenía relaciones formales -aunque endebles- con el nacionalismo de Irlanda del Norte. Viajé tres o cuatro veces al Ulster y mis reportajes in situ fueron el inicio de mi experiencia periodística y el final de mi experiencia miliante.

En aquel entonces, yo ejercía de informal jefe de prensa en la sede de un partido asfixiado por la fragmentación, la paranoia y el sectarismo de un independentismo revolucionario -el marxismo aún era norma- que andaba en decadencia tras su efimero apogeo a mediados de los ochentas. Los que allí militábamos eramos el último reflujo de la transición española o los que queríamos tomar las banderas prohibidas del enfrentamiento directo con el Estado para negarnos a firmar la rendición incondicional al statu quo, ese que parecía el único mundo posible.


Martin McGuinness, la violencia y nosotros


Vivir fuera del statu quo no era fácil: de tiro por viaje, podías recibir una paliza de las bandas de skinheads de los Boixos Nois o las Brigadas Blanquiazules, liarte a macanazos con la fracción disidiente del mismo MDT (nosotros éramos los revolucionarios, ellos los patriotas) o participar en las algaradas callejeras -con cócteles molotov o bolas de hierro- a sabiendas que una emboscada policial no sería nada agradable. Y si tu cuerpo aún seguía incólumne, siempre quedaba un bombazo de Milicia Catalana o una redada nocturna de la Guardia Civil que implicaba sus buenas dosis de tortura y un pase directo a alguna prisión de alta seguridad. Y nada de eso era un chiste: en mayo de 1989, aquel esperpéntico grupo de ultraderecha puso un artefacto explosivo en la puerta del local donde, cada tarde, yo ejercía de jefe de prensa (calle Fontanella, sede del MDT). Nos salvamos por la intempestiva hora pero años después me tocaría la clásica ronda de torturas a manos de la Guardia Civil.

Esta era la (mala) vida de los que no acataban el consenso democrático de los ochentas. También incluía el Rock Radical Vasco, muchas cervezas y bastante poco sexo. Pero uno sabía, al fin, que tarde o temprano pagaría el precio.

Integrados al mercado común europeo, dominados por una élites políticas que gozaban de la hegemonía social y el control electoral (Felipe González en Madrid & Jordi Pujol en Cataluña) solo había dos lugares que parecían escapar a la lógica del poder incontestable: Euskadi e Irlanda del Norte. Tierras insumisas donde ejércitos de ocupación debían partullar entre enemigos agazapados para garantizar que se acatara el orden del Estado y del Mercado aunque fuera a balazos. Martin McGuinness era, en aquellos tiempos, un símbolo viviente de aquella intransigencia rupturista y retadora, reducto final de las izquierdas radicales que en la década de 1970 se habían levantado contra el intolerable orden de cosas.

Los que nos formamos a caballo de los setentas y los ochentas veíamos la violencia cono parte de un proceso de enfrentamiento/negociación en el cual se dirimían tanto conflictos identitarios (los que prevalecieron al final) como ajustes de cuenta con un pasado que pervivia -omnipotente e intocable- en las fuerzas de seguridad, en los militares o en las grandes familia del franquismo económicos que seguían manejando el poder real. Así pues, nos parecía que, des de los humillados católicos del Ulster hasta los orgullosos trabajadores de Euskalduna (que convirtieron Bilbao en la última barricada de la dignidad obrera), existía un magma común de resistencia capaz de unficar todas las luchas por más contradictorias que parecieran.


Entre los resabios de frentepopulismo y el auge de nuevos sujetos colectivos (feminismo, ecologismo, antimilitarismo o minorías sexuales), la lucha armada no era vista como una perversión de la politica sino como una forma de extender al campo de las armas las cuentas pendientes de la historia que los vencedores jamás quisieron pagar. Sin la Guerra Civil, el Franquismo y todos sus muertos impunes, pocos hubieran jaleado durante tanto tiempo los atentados de ETA contra militares, policías o elementos de la Benemértia.

Al final, el fetichismo de lo militar pasó altas factura. La bomba que ETA colocara en el supermercado Hipercor fue el principio del fin de las simpatias transversales por el grupo vasco. El 19 de junio de 1987 no solo estuvieron a punto de morir en el lugar el dirigente del MDT Carles Castellanos sino que muchos de lo que un año antes hicimos campaña por el eurodiputado abertzale Txema Montero nos sentimos traicionados en lo más íntimo tras la promesa -jamás cumplida- que ETA no atentaría en Cataluña. No volví jamás a Euskadi pero adopté Irlanda del Norte como mi punto temporal de fuga en el cual cultivar, simultáneamente, mi pasión por los nacionalismos de izquierda y mi incipiente obsesion periodística.


Martin McGuinness y los bellos tiempos de la resistencia


Recuerdo la sede -roñosa y húmeda- del Sinn Féin en Derry, la mirada penetrante de Martin McGuinness y sus respuestas comedidas. Cuando le pregunté si en su movimiento él era el halcón y Gerry Adams la paloma, sonrió y me dijo que estas cosas eran invenciones de la prensa. Hasta el final probaron ser un equipo que pasó de la guerra a la paz sin tener que pedir perdón una y mil veces. Algo imposible en España, ciertamente.

Los Provos del IRA no fueron la excepción sino la norma en el auge guerrillero de los setenta cuando, en los cinco continentes, miles de jóvenes decidieron que nada se podía negociar con el viejo mundo. Y tomaron las armas para probarlo.


Su fracaso abrió las puertas de la restauración conservadora pero juzgar a sus actores desde el moralismo actual es olvidar que, en gran parte, reaccionaron contra unos poderes que, de Belfast a Buenos Aires, de Tel Aviv a Washington, tiraban a matar para proteger sus intereses.

Martin McGuinness siempre estuvo orgulloso su militancia en el IRA. Como dijo en 2015, jamás iba a pedir perdón por defender a gentes tratada como “ciudadanos de segunda clase”.

Y, pese a ello, hizo una paz sin trampas ni humillaciones, se hizo amigo de su némesis (el visceral Ian Pasley) y terminó sus días como convencido europeísta siguiendo el camino a la integración neoliberal de toda la Nueva Izquierda de los setentas.

Pero no es tiempo de reproches. Por él (y por su causa) es que soy periodista. Aquella entrevista en el Bogside de Derry un día cualquiera de 1988 decidió mi destino.Y el hombre que entonces admiraba fue el acicate para hacer un reportaje que en noviembre de 1989 me daría el Premi Laia Gonzàlez al mejor reportaje inédito que concedía el periódico Avui en el entonces lujoso Hotel Ritz. Se llamó La última guerra europea y no fue demasiado premonitorio el título porque en menos de dos años estalló el tablero yugoslavo. Y conseguí, también, que el suplemento domincial de El Periódico publicara mi texto sobre Los niños de la ira con excelentos fotos de Ricard Cugat.

Descanse en paz Martin McGuinness. Es parte de mi pasado. Presencia y espectro de un universo ideológico que ya no comparto pero del cual tampoco me arrepiento. Lo único que en verdad lamento es que en España no haya sido posible un proceso de paz tan honesto y exitosos como el de Irlanda del Norte (1994-1998) donde ningun bando tuvo que hincarse a pedir perdón porque las manos manchadas de sangre no eran exclusiva de nadie.

En los arrables de la Unión Europea, los promotores de la guerra sucia y la tortura sistemática se cubren de hipocresía vengativa para dictaminar que en la historia de España los asesinos con poder siempre son las únicas víctimas. Y como yo no quiero terminar multado o encarcelado por la Audiencia Nacional, mejor aquí lo dejo. Y que me entienda quien quiera entenderme.
 
 
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