Oriol Malló Villaplana / Tiempos de furia
2017-04-03
Canales de Xochimilco: historia triste (y personal) de un destino marcado
Los canales de Xochimilco se asfixian, se mueren, se pudren. Y su destino cierra un ciclo historico que inicio hace casi quinientos años. Es normal, supongo. Toda ciudad se funda sobre un primer ecocidio. Y el crimen debe repetirse una y otra vez. Sin culpa ni memoria, la mancha urbana avanza implacable por las arterias naturales del Valle del Anáhuac colapsando, en su certero paso, el delicado entorno que una vez proveía los frutos y el agua para el sustento de la misma ciudad cuyo crecimiento, sordo y ciego, nadie puede frenar. Y esa entropía fatal preside las vidas de todos y cada uno de los habitantes de las urbes contemporáneas que empezaron a proliferar a mediados del siglo XIX para convertirse, dos centurias después, en hábitat de casi 4 mil millones de personas.

Los canales de Xochimilco son, como todas nuestras historias citadinas, recuento plural de una mismo desastre. Un paraíso perdido que la gente de cierta edad traemos grabado en su memoria. En Barcelona, mis padres atesoran recuerdos de viejas masías (o casas campesinas) que rodeaban la ciudad y alimentaban con sus verduras frescas los mercados de los barrios gracias a las abundantes huertas del Prat de Llobregat, rodeadas de humedales que eran nido de pájaros, peces y reptiles. Muchas desaparecieron entre grandes edificios, nuevas pistas de aterrizajes y una incesante contaminación de ríos y afluentes. Una parte se recuperó y aunque no sean ya grandes hectáreas sino pequeñas lagunas entre zonas industriales y aviones, charranes, frailecillos y alcatraces recuperaron algo de su soberanía natural.


Y estas memorias de un pasado exuberante me persiguen en mi nueva patria, sureña y chilanga, cuando lo amigos me hablaban de la vieja Coapa. Antes que la construcción del Periférico y las primeras unidades habitacionales iniciara el desplome de aquellas haciendas donde los avecindados se proveían de huevos frescos –de gallina y codorniz- o de leche recién ordeñada en los múltiples establos de rancherías varías que darían lugar a la mítica porra de la Prepa 5: ” ¡Alfalfa, vacas y caca! ¡Alfalfa, vacas y caca! ¡Arriba la facultad de Coapa!” Aquella atalaya verde, sin fronteras de concreto ni barreras de vías rápidas, se extendía hacía Tláhuac y Xochimilco donde los pueblos originarios guardaban la esencia lacustre que la conquista española destruyó para siempre tras el catastrófico año de 1521.

La memoria embellece y traiciona. Aunque a veces prefiera engañarme, el agua de los canales no brota de los prístinos manantiales que algún día dieron fama a los canales de Xochimilco porque Don Porfirio terminó con el paraíso mucho antes que llegara la explosión demográfica. Al iniciar en 1906 la construcción de un acueducto que llevaría agua potable a las prósperas colonias del centro de la ciudad empezó, también, el fatal drenaje de las reservas hídricas de la zona: manantiales primero, aguas subterráneas después, todo un acuífero succionado día con día, año con año, para mayor gloria de las clases medias y altas que nunca se preguntaron, ni agradecieron, el maná que llegaba del sur.

Tardé en entender el silencioso despojo y el subsiguiente derrumbe. Hasta que trabajé en el corazón de La Condesa y aprendí a usar el mismo atajo: la curvilínea avenida División del Norte que me llevaba por la ruta directa entre Vaqueritos y la calle Michoacán. Entre desperdigas columnas, fugaces respiraderos y escondidas bombas de agua que, un día entendí, eran restos de la monumental obra que desde 1910 proveyó de agua potable a los nuevos fraccionamientos del esplendor defeño: la colonia Juárez, la colonia Hipódromo Condesa y tantas otras que concentraron la riqueza del valle. Yo observaba, en mi Vento roja, los restos de una magna obra que aún proveé de agua a la zona central mediante la planta de bombeo de Xotepingo.

Y este inmenso popote que desvía las reservas hídricas del sureste de la ciudad se agravó desde 1930 con la construcción de grandes pozos que perforan el acuífero a más de 200, 300 y 400 metros. Aguas de supervivencia, usufructuadas por la industria de la zona, vetadas, por ello, a sus habitantes que en muchas colonias necesitan del tandeo y de las pipas de agua para conseguir el líquido vital.


Por eso a veces prefiero imaginar que la sutil capa de agua que aún cubre lagunas y canales se retroalimenta de las copiosas lluvias anuales. Aunque de nuevo sé la verdad y esta resulta aún más paradójica: 4 mil litros por segundo bombeadas desde la planta de aguas residuales del Cerro de la Estrella permiten que las zonas lacustres no sean erial, basurero o tierra de nadie. La misma mano del hombre, capaz de drenar la carga natural de los lagos, rescató las aguas negras de Iztacalco para surtir los exhaustos canales. Hace ya demasiado tiempo que el lago Xochimilco-Chalco vive en respiración asistida.
En esta mi patria chica, dicen que los ajolotes poblaban los canales hasta tiempos de Echeverría cuando alguien decidió importar a México dos plagas de la revolución verde: las carpas y las tilapias, especies depredadoras ambas, cuya tasa de reproducción las convertía en opción rápida y barata para alimentación de unas masas pobres que no conocían, casi, el gusto del pescado fresco. Huelga decir que estos voraces animales colonizaron los canales y lagunas de Xochimilco-Tláhuac junto a otro gran invento de importación fallida: el lirio acuático, este frondoso manto verde que aniquila toda vida acuática al absorber sus espesas llanuras el oxígeno del agua. A su ilimitada expansión se unió la urbanización de tierras ejidales -y las aguas negras de tanto nuevo poblador- que junto a la decadencia de la chinampa (sustituida por invernáculos, cultivos de maíz y uso intensivo de pesticidas) convirtieron la zona lacustre del sureste del DF en lo más parecido a una antesala del infierno.

Pero el ecocidio en los canales de Xochimilco nunca fue único ni singular. Porque en todas partes del mundo, las huertas, las chinampas, los humedales o los bosques que nutrían los mantos acuíferos de las urbes sufrieron un ataque sin parangón. En aras del desarrollo industrial y el estallido poblacional, el delicado equilibro entre la ciudad y su entorno se rompió para siempre. El Valle de México es el mejor ejemplo de este delicado, y a veces irreversible, viaje al colapso civilizatorio que nos persigue cual advertencia premonitoria. El tiempo se acaba y la ciudad lacustre que enterramos bajo el concreto del siglo XX está en trance de morir para siempre. A todos nos queda claro.

La ciudad lacustre como sueño y como bucle

El verdadero sueño de este siglo emergente –bajo el lema, siempre ambiguo, de la ciudad sostenible– es revertir este desastre llamado mancha urbana para que los rehenes del monstro podamos respirar de nuevo gracias a la recuperación de ríos, lagunas y cuencas hídricas que una vez hicieron del Anáhuac el paraíso deslumbrante de todas las crónicas. Una avalancha de proyectos sueña con proteger y restaurar los últimos espacios de la ciudad lacustre. Hay un solo ejemplo exitoso de esta reivindicación del agua originaria –el lago – pero no puedo resistir la tentación de repasar algunos de los muchos proyectos que siguen sobre la mesa del poder esperando el visto bueno de los tres niveles de gobierno:

1 Ciudad Futura: el proyecto de rescatar el lago de Texcoco, iniciado por el ingeniero Nabor Carrillo, concluyó su primera fase con la inauguración en 1985 del lago del mismo nombre, una superficie de embalse de mil hectáreas al lado del aeropuerto capitalina. Iniciativa proseguida por un grupo de arquitectos (Teodoro González de León, Alberto Kalach, Gustavo Lipkau y Juan Cordero) en busca de recuperar el lago profundo de Texcoco. La ampliación del nuevo aeropuerto capitalino y otros problemas estructurales han pospuesto sine die tan ambiciosa obra.


2. Rescate del Río de la Piedad: desentubar los ríos de la cuenca del Anáhuac para convertirlos en paseos urbanos es una idea cada vez más aceptada en los proyectos de remodelación urbana. La propuesta del despacho Taller13 Arquitectura Regenerativa para recuperar el lecho del Río de la Piedad que yace bajo Viaducto se combinó con la fugaz iniciativa ciudadana de Picnic en el río para incentivar su recuperación. De momento, ninguna institución pública se ha tomado en serio la iniciativa.
3. El nuevo lago Tláhuac-Xico: los hundimientos y depresiones en el valle de Chalco provocaron el nacimiento de un lago entre delegación Tláhuac y Valle de Chalco a principios del siglo XXI. Esta microcuenca podría ser punta de lanza para la regeneración integral de una zona abandonada. De una sola vez, se forzaría su integración urbana, se evitarían las recurrentes inundaciones en el vecino canal de la Compañía y se restituiría el suministro de agua para el consumo humano, el riego de chinampas y la vida silvestre. Pese a ser el proyecto más avanzado de recuperación de la Ciudad Lacustre, la obra sigue atorada en el pantano burocrático. Los avales de la UAM-Iztapalapa y el doctor Pedro Moctezuma Barragán -actual delegado de Azcapotzalco- dotan de más posibilidades a este proyecto pero al momento de concluir mi crónica el plan nada se ha concretado en el lago de Xico.


Son tres opciones, discutidas hasta la saciedad. Jamás iniciadas. Falta voluntad política pues la primera exigencia es evitar las habituales inundaciones en temporada de lluvia y para ello nada mejor que extender el drenaje profundo.

La ciudad enterrada

De momento, la ciudad lacustre es la ciudad enterrada. Cien veces invocada, cien veces olvidada. Los ríos entubados floreciendo de nuevo: El río Churubusco, el río Magdalena, el río de la Piedad. Y el sueño, mil veces repetido, mil veces imaginado, mil veces pospuesto: desentubemos nuestras aguas, recuperemos las arterias fluviales decapitadas tras el primer error de Hernán Cortés: destruir la ciudad lacustre y convertir la compleja estructura de canales, lagos y diques-calzadas en un amasijo de aguas incontrolables que sin regulación alguna convertían la virreinal ciudad en un infierno de aguas negras, inundaciones perennes y hundimiento sin fin. Los bárbaros del norte destruyeron la cultura del agua en Andalucía. Lo mismo hicieron en México.


La salvación se tornó pesadilla: el agua –negra y siniestra- convertida en residuo a extirpar. Y la plaga debió ser salvada con el mayor proyecto de ingeniería subterránea iniciado jamás en México: el drenaje profundo que desde 1975 hasta hoy evacúa las aguas mixtas de la ciudad a través de sus 1353 kilómetros de túneles. Sirve para que barrios enteros de esta Venecia americana sobrevivan a la acumulación de lluvias torrenciales pero evacúa algo que la ciudad necesita con desesperación: agua reciclada
Los canales de Xochimilco y Tláhuac pagaron, con creces, el precio de toda esta aniquilación. La vieja Tenochtitlan resiste, apenas, entre los ejidatarios de San Andrés Mixquic y sus canales prehispánicos, que aún pueden abordarse desde el embarcadero de San Miguel. Se confirma, de paso, que la división política de los pueblos lacustres tiene algo de artificial. Tlaltenco, Tláhuac y Míxquic eran parte de la prefectura de Xochimilco hasta principios del siglo XX. Comunidades tradicionales, sistema de producción chinampera y formas de vida mixta -entre la atracción laboral de la ciudad emergente y las formas de vida rural- dotaban a los pueblos originarios de una misma identidad frente a la capital. Un complejo universo que se desintegra bajo las reglas salvajes de la mancha urbana.

Antes, mucho antes, los círculos no se cruzaban. Dudo que los xochimilcas se sintieran parte integral de la muy católica monarquía que reinaba desde un lejano lugar llamado España. Su vida era extramuros. Para ellos no había ciudad letrada ni ciudad a secas. Las villas libres eran la cúspide del orden colonial y los pueblos lacustres eran secundarios en el gran teatro capitalino. Del principio al fin. Tampoco se integraron en las esferas criollas tras la independencia de México.

Nunca pertenecieron a la legión de abogados, militares y traficantes de influencias que mantuvo, bajo la república, lo peor de la hispanidad. Mientras decían construir una patria nueva, las viejas reglas del racismo institucional siguieron. Hizo falta una revuelta contra el Porfiriato y un alzamiento zapatista para decir, hoy, que la patria somos todos. Apartados del sistema de castas que modelaba el imaginario virreinal, lejos del poder y todas sus extensiones (funcionarios del rey, eclesiásticos, comerciantes, conseguidores y otros leperos de la corte), los indios surcaban los canales de Xochimilco para vender a los criollos acelgas y verdolagas, tomate y quelite, pensando siempre en retornar a su morada original -católica en las formas, prehispánica en el fondo- donde los muertos eran recibidos, venerados y acompañados por aquellos que comprendían los trasiegos del inframundo.

Sin la revolución, comprometida con el legado precortesiano, no existiría esta celebración masiva de los mexicanos, también llamada día de los muertos. Ni los coloridos altares ni las flores de Cempasúchil ni las burlonas catrinas hubieran sido aceptables en los cánones verticales de la sociedad porfirista donde incluso comer pozole era un atentado a las buenas formas. Así que en clave interna, el mito de Xochimilco se consolidó tras la victoria cultural por el alma de México. Pero, de momento, y tantas décadas después, siento que nos siguen debiendo. Los habitantes de esta delegación soñamos cada tres años que esta vez será la buena. Que los relevos en el poder harán que algo cambie para bien. Que tanto diagnóstico será plan, acción y resultados. Y que este patrimonio intangible de la humanidad dejará de morir frente a nuestros ojos. Pero nunca resulta ser así y la vida apremia.

Los canales de Xochimilco son el reducto simbólico del valle del Anáhuac. El lugar que preserva la ciudad lacustre y devuelve al forastero, o al citadino, el ensueño de Tenochtitlan, sus islas, canales y ciudades-estado que conformaban aquel paisaje de ensueño que fascinó a los soldados de Cortés. . Xochimilco es la huella de un tiempo perdido y su función es exponerse al mundo como patrimonio de la humanidad anhelante de este rescate integral que se dice, se grita y se proclama en cada turno sexenal allá en el centro solar de la Ciudad de México. Y surgen las dudas, hirientes y traidores. ¿Llegará algún día?

Aun así, algo sucede. Porque cada vez que la alarma suena, y alguien nos advierte que los canales de Xochimilco están condenados a muerte, no salen multitudes a exigir la salvación del patrimonio lacustre. Será que nadie les ha contado las virtudes de ordenar y mejorar su hábitat natural. Será que saben demasiado bien como el dinero se pierde antes siquiera de concretarse en acciones concretas. Será que la vida es demasiado dura en cerros y laderas como para pensar que urge salvar el lago de Xochimilco.

La verdad incómoda es que los pueblos originarios (y los nuevos pobladores) son esa masa silenciosa que por siglos no existió sino para aplaudir las decisiones del príncipe. Y el príncipe tiene muchos atributos pero siempre habita las delegaciones centrales del DF y sólo él se considera, en verdad, defeño. Chilangos somos todos pero los xochimilcas saben, demasiado bien, lo que es ser subalternos en la rueda del poder. 500 años no se borran de un plumazo y ellos no son los culpables, sino las víctimas, del desastre ecológico que es la Ciudad de México.

La prensa solo voltea a ver mi delegación cuando, de golpe, estamos al borde de un colapso ecológico. Lo estamos, lo sabemos, lo padecemos. Pero las heridas se acumulan en los canales de Xochimilco y se expanden por doquier: abandono y deterioro, pobreza y marginalidad, degradación y hacinamiento. La culpa es de los asentamientos humanos que han convertido la zona lacustre en un vertedero al aire libre. Hasta contaron las descargas: 2000, entre visibles e invisibles.

Es solo la mitad de la historia pero es bien fácil de contar. Y nunca incluye la perspectiva de los presuntos ecocidas. Lomas, barrancas y humedales se convirtieron en viviendas porque es mejor un rincón entre cerros y lagunas que una casa Infonavit en Tizayuca. Tres décadas de crisis estructural y una explosión demográfica sin precedentes. En un país donde bajos sueldos, movilidad infernal y escasez de viviendas céntricas a buen precio se juntan, como fantasma recurrente. Entonces, ¿quién puede extrañarse de las invasiones que cayeron sobre la zona lacustre de Xochimilco-Tláhuac, abandonada a su suerte por una ciudad que nunca consideró sus canales sino como extensión de ocios, borracheras y aguas mixtas?

La oleada ecológica que fructificó en la década de los noventas tuvo su epicentro chilango en la confusa y nostálgica recreación de la ciudad lacustre. Y en este contexto, los canales de Xochimilco se volvieron ícono recurrente. Pasamos a ser prioridad mundial y la UNESCO nos tomó en sus brazos. El abrazo internacional no cambió nuestras vidas ni mejoró nuestro entorno. Tampoco lo hizo, y es tiempo de recordarlo, la llegada de la democracia electoral al DF. Quizás tuvimos los mejores estudios sobre el tamaño del desastre pero debe ser de tal envergadura que nadie inicia la tarea.

Camino a la ciénaga

Y mientras tanto en la narrativa de nuestra (mala) conciencia algo falla. Algo falta, mejor dicho. Los xochimilcas, por ejemplo. Quizás ellos no crean que las migajas de un turismo low cost los salven del eterno circuito de la pobreza. Quizás ellos sabrían qué hacer si les preguntaran como salvar los restos de la vieja laguna. Aunque también se acuerdan que por norma ni cuentan ni son consultados

Como el resto de los chilangos, aprendieron que los derechos se conquistan con una mezcla de fuerza, unidad y transacciones con el poder: agua, drenaje, electricidad, movilidad y regulación de sus predios son su agenda. Pero en otros asuntos, ningún nivel de gobierno los considera como interlocutores: los pobladores son solo intrusos, paracaidistas, invasores. Su castigo es morir poco a poco entre la suciedad y la mugre de los canales como si esto fuera su justo castigo por la insolencia de haber roto el equilibro lacustre. ¿Seguro no hay otros victimarios, más poderosos y más persistentes, en esta historia de colapso que nos cuentan los grandes medios?

No tengo respuestas ni espero milagros. A veces, un buen delegado sirve para incrementar la moral pública pero la madeja burocrática que envuelve la zona lacustre complica todo. Delegaciones, gobiernos, organismos autónomos e internacionales participan, y alteran, la toma de decisiones. Sin plan maestro ni presupuestos generosos, todo queda en buena intención. Y enfrentar los saldos de un colapso –real y tangible- es de pronto una ilusión sin salida.

Yo, por mi parte, tengo un pequeño sueño que proyecto en mis caminatas rumbo a la pista de canotaje de Cuemanco. Tomo, a veces, el camino a la Ciénaga, una pista de terracería que inicia en el DIF de Avenida Muyuguarda para transitar entre el fraccionamiento privado de Barrio 18 y una colonia irregular llamada Amalcachico que desde 1998 expande sus dominios en el área natural protegida pese a denuncias de todo tipo. Y entonces, contemplando la inmensidad de un paisaje herido pero indeleble, me echo a soñar cosas imposibles como nadar en los canales de Xochimilco.

Y se me ocurre pensar que si en vez de cascajo y bolsas de basuras que deprimen las caminatas, alguien se decidiera a pavimentar la senda, un pequeño cambio iniciaría.
Imagino que entonces, la delegación instalaría banquetas, farolas y papeleras y todos se darían cuenta que no hay mejor paseo cerca de sus casas. Llevado por mi febril imaginación, vislumbro, luego, un esfuerzo final para instalar drenaje y purificadoras de agua entre las casas que ocupan la zona chinampera que, tras tales mejoras, lucharían por conservar el suelo vegetal que aún persiste evitando, así, nuevos asentamientos.

Con el tiempo, entre todos los vecinos, hoy enfrentados en riña perpetua, se limpiarían los canales de Xochimilco asfixiados de tanto lirio y tanta descarga. Al final de este sueño imposible, los atardeceres rumbo a Cuemanco serían una puesta de sol libre de moscos, sentado en la banca de este camino –de nombre reconciliación– con un cappuccino en la mano que servirá el pequeño puesto de bebidas que un sagaz amalacachico habrá puesto allí para solaz de un vecindario unido que cuidará su entorno cual jardín compartido de una casa que nos entregaron los dioses del agua hace ya muchos siglos.

Suena cursi, imposible incluso, pero algún día veré un ajolote dormitar cerca de estos canales amortajados hoy en un féretro de lirios. Puede que entonces esté muerto, pero cada vez que vuelva entre los míos para celebrar el rencuentro de las almas, echaré una mirada furtiva a la ciénaga para buscar los ojos chistosos de este ajolote que prometí saludar camino a Cuemanco.
 
 
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